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SIN BRAGAS


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cap. 1 - SIN BRAGAS


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  ... Si nadie se metiera en la vida de los demás, el vicio no sería pecado, no estaría mal visto, y las personas seríamos más libres, y creo que que más humanos.

autor: Tranquilo 
email: pepeo(arroba)ono(punto)com 
fecha: 13/11/2008 
valoración: 5.8   lecturas: 16914
escuchar:                                                   pon voz a este capítulo
-A LO LOCO Y SIN BRAGAS-

¡Soy una viciosa; una viciosa, sí! En cuanto veo unos pantalones masculinos, se me revoluciona la sangre, la calentura me acomete y los picores me atacan de tal forma que soy capaz de hacer cualquier cochinada; y si en lugar de unos pantalones, lo que veo es un tío desnudo, no es que me ponga en plan, sino que me lanzo de cabeza al precipicio, y que sea lo que Dios quiera.
Cuando mis padres me internaron en el Colegio Mayor de las Madres Agustinas, no lo hicieron porque allí se imparta mejor o peor enseñanza que en el Instituto Zorrilla, donde llevaba ya tres años acumulando asignaturas pendientes, que probablemente me durarán hasta la jubilación. Mis padres -no podía ser de otro modo- conocen mis tendencias, mis debilidades y hasta mis más ocultos pensamientos; (o eso creo)… pero contra eso no puedo hacer nada, ¡la madre que les parió; ¿Para qué tendrá una padres?. Claro, que su querida hijita -es decir yo- no iba a cambiar de hábitos ni en el internado ni fuera de él. Yo soy yo; es decir, yo y mis problemas, que no son pocos.
Lo malo es que en el Colegio no había más hombres que un nonagenario cura asotanado, sordo como una tapia y más feo que la madre que lo amamantó; un ser anodino que, si de joven no había perdido la virginidad, no creo que fuera ya a perderla, a no ser que los dignatarios de la Santa Madre Iglesia la pierdan por mirar con demasiado interés las tetas de las penitentes que se acercan al confesionario para dejar allí sus pecados. Pero yo pienso que, menos la muerte, todo tiene remedio; si no es mejor, es peor, pero siempre se puede hacer algo. Como es natural, en un colectivo de mujeres -mayores de quince y menores de veinte- por fuerza ha de haber alguna ‘salida’, y el Colegio de la Agustinas no iba a ser una excepción; pero la bollería no me va. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que no era ese el camino para aliviarme de mis picores uterinos. Lo único que conseguí, fue reunir una peña de amigas, ante las que me descubrí tal como soy: ¡un auténtico saco de vicios y corruptelas!.
Pero logré reunir la pandilla más famosa del centro; o sea, la más cachonda y completa del Internado. Cuatro en total; pocas, pero muy calientes.
1-Angélica; una putilla de buena presencia, obligada por sus padres a permanecer en el colegio, especialmente para que las vecinas no se olieran que las dos semanas que anduvo desaparecida, no estuvo de vacaciones en Alicante, sino en una clínica privada, donde un médico sin escrúpulos le practicó el aborto de un embarazo bastante adelantado, pero nada deseado.
2- Rosa; una verdadera sangría para su madre. Tarda menos tiempo en derrochar el dinero que cada semana le envía, que la susodicha en ganarlo planchando colchones en cualquier pensión de mala muerte, o dejando la medida de su cuerpo marcada sobre a hierba del Parque Municipal.
3- Juanita; (La Juani a secas); ésta no es viciosa, ni puta ni retorcida, pero es muy débil de carácter y no sabe decir que no cuando alguien le propone hacer cualquier cosa; solo tiene diez y seis años, y ya les dejó a sus padres -para que la críen- una hermosa criatura, a la que en la pila del bautismo le pusieron de nombre Bienvenida.
4- Y por fin Chucha; ‘la lideresa’. Esa soy yo; una santa donde las haya. Prueba de ello es que ando buscando la gloria, aunque eso sí, sin abandonar este jodido mundo.
No somos la alegría de la huerta, pero si una pesadilla para las resignadas monjas, a quines posiblemente irritamos más que un grano en ‘sálvese la parte’.
****
Era un día festivo; y muy especial: San Agustín; el filósofo, el sabio, el tío cachondo que antes de ser obispo se trajinó a todas las putas de Sagaste y alrededores, y que dejó a una italiana preñada; el mismo al que los hermanos de la interfecta le rompieron algunas costillas para que le sirviera de escarmiento, un método que al parecer les dio buen resultado. Pero como la fiesta cae en agosto, (en plenas vacaciones de verano) las monjitas acordaron celebrarla el quince de mayo; el mes de las flores.
A la fiesta invitaron a todos los familiares de las residentes, además de media docena de Padres Agustinos, en representación del género masculino de la venerable fundación. En tan señalada fecha -y solo durante ese día- a los invitados se les permitió visitar todas la dependencias de la residencia; el resto del año -si no media alguna causa mayor- a parte del recibidor, solamente les permiten entrar en la capilla, recordándoles que llenen de monedas el cepillo de las Ánimas Benditas de Purgatorio, que no comen pero si reciben limosnas.
No esperaba que nadie de mi familia asistiera a la fiesta del Internado; y naturalmente no asistieron. ¿Cómo coños se iban a presentar mis padres allí?. Les da vergüenza sentarse a la mesa con una desgraciada, que tiene fama de descarriada, y que si viene al caso les deja en ridículo delante de quién sea.
¡Ni fiesta ni leches! Los días dentro de aquellas paredes, cada vez se me hacían más largos, y las penas del infierno, con las que las monjas nos amenazaban, las estaba pasando yo, pero no con el fuego eterno, sino por estar encerrada, sin ver películas porno y sin un tío, aunque fuera más feo que Picio, para ponerle alguna tentación.
¿Saben ustedes como es la eternidad?. Si no lo saben, pásense por la residencia estudiantil de las Madres Agustinas el día del Patrón, y asistan a la misa solemne, que año tras año se celebra en la capilla de la misma; si logran aguantar hasta el final sin acordaros de la madre del oficiante, en lo sucesivo podrán presumir de tener más paciencia que el santo Job, el tío ese de la Biblia, que le pasaba de todo.
Me senté en el último banco de la Iglesia, cerca de la puerta, con la sana intención de simular un mareo cuando el cura empezara a aburrirme con el mismo cuento del año pasado. Pero este año no caí en el aburrimiento; ni tampoco me enteré de la larga perorata con la que el capellán intentó aguarnos la fiesta a las residentes. A mi lado se sentó Aurora; una pueblerina de buen ver, ñoña y santurrona, con aires de marquesa y fama de chivata, a la que nadie quiere por compañera. Pero lo bueno es que al lado de la interfecta, se sentó un muchachote flaco y nervudo, con las narices de un judío, la pelambrera de un hippie, y los bíceps de un boxeador. Era ‘el hermanito’ de Aurora, y enseguida me di cuenta de que tampoco a él le interesaban, ni los tejemanejes del cura, ni el aburrido sermón que nos estaba endiñando. El muy (como se diga) no me quitaba la vista de encima; de encima del escote, y de la parte que no me cubría la falda, que por cierto se me estaba quedando bastante corta, tanto que cuando me agachaba, se me veía todo aquello que mi madre me había dicho que no se lo enseñara a nadie.
Como me llaman La Chucha, que a este tío me lo tomo de aperitivo para antes de la comida, y lo que quede de él me lo guardo para la merienda; me dije a mi misma, en voz muy queda, como si estuviera rezando.
¡Dicho y hecho! Antes que los invitados empezaran a ocupar el inmenso comedor de la Residencia, lo abordé., y no con palabras; eso me parecía demasiado lacónico. Mis recursos son poco menos que infinitos; muy simples, pero casi siempre efectivos. Simulando andar despistada, me pegué de bruces con él y me dejé caer al suelo como un pelota desinflada. ¡Ni ensayado me hubiera salido mejor!.
-¡Perdón, señorita! No sabe como lo siento...
Aparentar un mareo no es una tarea tan fácil como parece, al menos como consecuencia de un golpe tan simple, pero son tantas las veces que lo he puesto en escena, que si pongo cuidado, hasta yo misma me lo creo. No necesito ensayar…
Al fin, con la cabeza ladeada, los labios entreabiertos, los ojos vueltos hacia arriba y aparentando una flojedad que estaba muy lejos de padecer, le pedí que me acompañara a mi habitación.
Puso cara de extrañeza. Lo normal hubiera sido pedirle que me acompañara al lavabo; o en el peor de los casos al botiquín de socorro, donde una auxiliar de enfermería me hubiera enviado a freír espárragos, porque todas saben del pie que cojeo. Pero nadie me mandó a freír espárragos porque no fui allí. El mejor sitio para recuperarse de un buen mareo es la cama.
Aurora, la pueblerina de buen ver, chivata y ñoña, no pudo dialogar con nadie a lo largo de todo el banquete, porque su hermanito el feo se quedó conmigo en la soledad de mi cuarto, para atenderme de los sucesivos mareos que sobrevinieron.
La mala suerte quiso que aquella tarde, cuando ya los invitados se habían ido a sus casas, y la campana avisaba para la cena, una cáscara de plátano me hiciera besar el suelo, con bastante menos fortuna que la falsa caída de la representación anterior. Quizás no todas, pero sí algunas de mis compañeras, y sobre todo la oronda ‘Madre Superiora’ se dieron cuenta de que iba sin bragas. No dijo nada; solo me señaló con el dedo, y yo sé lo que pensó.
Cinco días después me expulsaron del colegio, y además sin un diploma de buena conducta, ni nada que se le pareciera. Mis padres, que al parecer ya habían dejado de avergonzarse de mí, me llevaron a un internado estatal, cuyo santo patrón no es el sabio San Agustín, sino el jodido San Reformatorio.
Siempre pagamos las mismas, porque seguro que al primo de Aurora no lo internaron en ningún centro; aunque tampoco él llevaba bragas.
FIN.



Comentarios


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Encantado de haber descubierto esta página y poder leer fragmentos tan bien escritos como este Sin bragas.Un saludo.
Autor: umeboshi  Email:   url:   fecha: 03/12/2008

Tranquilo,sigue escribiendo y yo te seguiré leyendo.Sin más,no creo que haya mejor piropo
Autor: anónimo  Email:   url:   fecha: 03/12/2008