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cap. 36 - El Reportaje


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  No había tiempo que perder y, de inmediato, puse manos a la obra. Abrí el maletín y rebusqué en el fondo hasta dar con el muestrario.

autor: Luis Tamargo 
url: http://leetamargo.blogia.com/ 
fecha: 28/06/2006 
valoración: 5.8   lecturas: 4617
escuchar:                                                   pon voz a este capítulo
 Luis Tamargo - 28/06/2006
  Contacto: - http://leetamargo.blogia.com/
  comentario del autor:
No había tiempo que perder y, de inmediato, puse manos a la obra. Abrí el maletín y rebusqué en el fondo hasta dar con el muestrario. Escogí el punto de vista más apropiado para el tema. Antes, avisé al narrador para que respetase la distancia, pues ya me disponía a manejar la herramienta. Habían sido unas jornadas de ardua tarea y enconado esfuerzo, cuando aún parecía imposible imaginar el aspecto final de la recompensa. Sin embargo, desde el principio flotó en el ambiente un cierto halo de compromiso que acabó por impregar de veracidad el espíritu que animaba cada intención. A tal fin, desatornillé un par de palabras, apresadas entre adjetivos. La frase henchida y, por fin, libre consiguió ahora acertar con la distraíada atención de aquel lector desconocido. Me paré a reflexionar sobre él, por unos momentos, pensé que se merecía le dedicara ese instante solidario, más que caritativo. Después, escuché... Y entonces la brisa adquirió el tono esperado.
Quizás la intensa concentración desatada bien merecía un descanso, tal vez un tentempié, pero ya no podía aguantarme más las ganas, así que me dirigí cuesta abajo, fuera del recinto, hasta la curva que se adentra entre los pinos. Allí, dejé la carretera y caminé sobre la hierba hasta el acantilado, me detuve en la orilla rocosa y aguardé el paso de la primera serie de olas. Luego, posé suavemente la obra sobre el agua para observar la evolución de sus movimientos.
Regresé al taller, pendiente arriba, ávido por dar la noticia. Todos esperaban con una pregunta dibujada en el rostro. Entonces, en voz alta, afirmé:
-Sí, flota!
Una sonrisa iluminó la tez del profesor, contagiado por el entusiasmo, que apostilló:
-¿Os dais cuenta...? Es posible!
Todos se arremolinaron frente al ventanal para contemplar la silueta elegante de la nave, recortada entre los azules de cielo y mar. La embarcación enfilaba rumbo al cabo, mar adentro, dejando a un lado el pequeño islote del faro. Callados, parecían asentir en silencio, agradecidos... Ahora, por fin, ya tenían algo que leer en la línea del horizonte.


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